viernes, 5 de febrero de 2016

Génesis Capítulo 2





EL GÉNESIS

Capítulo 2
1 Y FUERON acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento.
2 Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho.
3 Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho.
4 Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron criados, el día que Jehová Dios hizo la tierra y los cielos,
5 Y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese: porque aun no había Jehová Dios hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra;
6 Mas subía de la tierra un vapor, que regaba toda la faz de la tierra.
7 Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fué el hombre en alma viviente.
8 Y había Jehová Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado.
9 Y había Jehová Dios hecho nacer de la tierra todo árbol delicioso á la vista, y bueno para comer: también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de ciencia del bien y del mal.
10 Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro ramales.
11 El nombre del uno era Pisón: éste es el que cerca toda la tierra de Havilah, donde hay oro:
12 Y el oro de aquella tierra es bueno: hay allí también bdelio y piedra cornerina.
13 El nombre del segundo río es Gihón: éste es el que rodea toda la tierra de Etiopía.
14 Y el nombre del tercer río es Hiddekel: éste es el que va delante de Asiria. Y el cuarto río es el Eufrates.
15 Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y le puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.
16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto comerás;
17 Mas del árbol de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás.
18 Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; haréle ayuda idónea para él.
19 Formó, pues, Jehová Dios de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y trájolas á Adam, para que viese cómo les había de llamar; y todo lo que Adam llamó á los animales vivientes, ese es su nombre.
20 Y puso Adam nombres á toda bestia y ave de los cielos y á todo animal del campo: mas para Adam no halló ayuda que estuviese idónea para él.
21 Y Jehová Dios hizo caer sueño sobre Adam, y se quedó dormido: entonces tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar;
22 Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y trájola al hombre.
23 Y dijo Adam: Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne: ésta será llamada Varona, porque del varón fué tomada.
24 Por tanto, dejará el hombre á su padre y á su madre, y allegarse ha á su mujer, y serán una sola carne.
25 Y estaban ambos desnudos, Adam y su mujer, y no se avergonzaban.

La Creación



Patriarcas y profetas. Cap. 2

Elena G. de White.


"Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de su boca. . . . Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." "El fundó la tierra sobre sus basas; no será jamás removida." (Sal 33: 6, 9; 104: 5)

Cuando salió de las manos del Creador, la tierra era sumamente hermosa. La superficie presentaba un aspecto multiforme, con montañas, colinas y llanuras, entrelazadas con magníficos ríos y bellos lagos. Pero las colinas y las montañas no eran abruptas y escarpadas, ni abundaban en ellas declives aterradores, ni abismos espeluznantes como ocurre ahora; las agudas y ásperas cúspides de la rocosa armazón de la tierra estaban sepultadas bajo un suelo fértil, que producía por doquiera una frondosa vegetación verde. No había repugnantes pantanos ni desiertos estériles. Agraciados arbustos y delicadas flores saludaban la vista por dondequiera. Las alturas estaban coronadas con árboles aún más imponentes que los que existen ahora. El aire, limpio de impuros miasmas, era claro y saludable. El paisaje sobrepujaba en hermosura los adornados jardines del más suntuoso palacio de la actualidad. La hueste angélica presenció la escena con deleite, y se regocijó en las maravillosas obras de Dios.

Una vez creada la tierra con su abundante vida vegetal y animal, fue introducido en el escenario el hombre, corona de la creación para quien la hermosa tierra había sido aparejada. A él se le dio dominio sobre todo lo que sus ojos pudiesen mirar; pues, "dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en toda 25 la tierra. Y crió Dios al hombre a su imagen, varón y hembra los crió." (Gén. 1: 26, 27).

Aquí se expone con claridad el origen de la raza humana; y el relato divino está tan claramente narrado que no da lugar a conclusiones erróneas. Dios creó al hombre conforme a su propia imagen. No hay en esto misterio. No existe fundamento alguno para la suposición de que el hombre llegó a existir mediante un lento proceso evolutivo de las formas bajas de la vida animal o vegetal. Tales enseñanzas rebajan la obra sublime del Creador al nivel de las mezquinas y terrenales concepciones humanas. Los hombres están tan resueltos a excluir a Dios de la soberanía del universo que rebajan al hombre y le privan de la dignidad de su origen. El que colocó los mundos estrellados en la altura y coloreó con delicada maestría las flores del campo, el que llenó la tierra y los cielos con las maravillas de su potencia, cuando quiso coronar su gloriosa obra, colocando a alguien para regir la hermosa tierra, supo crear un ser digno de las manos que le dieron vida. La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el "hijo de Dios." (Luc 3: 38, V.M.)

Adán fue colocado como representante de Dios sobre los órdenes de los seres inferiores. Estos no pueden comprender ni reconocer la soberanía de Dios; sin embargo, fueron creados con capacidad de amar y de servir al hombre. El salmista dice: "Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: . . . asimismo las bestias del campo; las aves de los cielos, todo cuanto pasa por los senderos de la mar." (Sal. 8: 6-8.)

El hombre había de llevar la imagen de Dios, tanto en la semejanza exterior, como en el carácter. Sólo Cristo es "la misma imagen" del Padre (Heb. 1: 3); pero el hombre fue creado a semejanza de Dios. Su naturaleza estaba en armonía 26 con la voluntad de Dios. Su mente era capaz de comprender las cosas divinas. Sus afectos eran puros, sus apetitos y pasiones estaban bajo el dominio de la razón. Era santo y se sentía feliz de llevar la imagen de Dios y de mantenerse en perfecta obediencia a la voluntad del Padre.
Cuando el hombre salió de las manos de su Creador, era de elevada estatura y perfecta simetría. Su semblante llevaba el tinte rosado de la salud y brillaba con la luz y el regocijo de la vida. La estatura de Adán era mucho mayor que la de los hombres que habitan la tierra en la actualidad. Eva era algo más baja de estatura que Adán; no obstante, su forma era noble y plena de belleza. La inmaculada pareja no llevaba vestiduras artificiales. Estaban rodeados de una envoltura de luz y gloria, como la que rodea a los ángeles. Mientras vivieron obedeciendo a Dios, este atavío de luz continuó revistiéndolos.

Después de la creación de Adán, toda criatura viviente fue traída ante su presencia para recibir un nombre; vio que a cada uno se le había dado una compañera, pero entre todos ellos no había "ayuda idónea para él." Entre todas las criaturas que Dios había creado en la tierra, no había ninguna igual al hombre. "Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo, haréle ayuda idónea para él." (Gén. 2: 18.) El hombre no fue creado para que viviese en la soledad; había de tener una naturaleza sociable. Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no hubiesen podido proporcionarle perfecta felicidad. Aun la comunión con los ángeles no hubiese podido satisfacer su deseo de simpatía y compañía. No existía nadie de la misma naturaleza y forma a quien amar y de quien ser amado.

Dios mismo dio a Adán una compañera. Le proveyó de una "ayuda idónea para él," alguien que realmente le correspondía, una persona digna y apropiada para ser su compañera y que podría ser una sola cosa con él en amor y simpatía. Eva fue creada de una costilla tomada del costado 27 de Adán; este hecho significa que ella no debía dominarle como cabeza, ni tampoco debía ser humillada y hollada bajo sus plantas como un ser inferior, sino que más bien debía estar a su lado como su igual, para ser amada y protegida por él. Siendo parte del hombre, hueso de sus huesos y carne de su carne, era ella su segundo yo; y quedaba en evidencia la unión íntima y afectuosa que debía existir en esta relación. "Porque ninguno aborreció jamás a su propia carne, antes la sustenta y regala." "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha a su mujer, y serán una sola carne." (Efe 5: 29; Gén. 2: 24).

Dios celebró la primera boda. De manera que la institución del matrimonio tiene como su autor al Creador del universo. "Honroso es en todos el matrimonio." (Heb. 13: 4.) Fue una de las primeras dádivas de Dios al hombre, y es una de las dos instituciones que, después de la caída, llevó Adán consigo al salir del paraíso. Cuando se reconocen y obedecen los principios divinos en esta materia, el matrimonio es una bendición: salvaguarda la felicidad y la pureza de la raza, satisface las necesidades sociales del hombre y eleva su naturaleza física, intelectual y moral.

"Y había Jehová Dios plantado un huerto en Edén al oriente, y puso allí al hombre que había formado." (Gén. 2: 8.) Todo lo que hizo Dios tenía la perfección de la belleza, y nada que contribuyese a la felicidad de la santa pareja parecía faltar; sin embargo, el Creador les dio todavía otra prueba de su amor, preparándoles especialmente un huerto para que fuese su morada. En este huerto había árboles de toda variedad, muchos de ellos cargados de fragantes y deliciosas frutas. Había hermosas plantas trepadoras, como vides, que presentaban un aspecto agradable y hermoso, con sus ramas inclinadas bajo el peso de tentadora fruta de los más ricos y variados matices. El trabajo de Adán y Eva debía consistir en formar cenadores o albergues con las ramas de las vides, haciendo así su propia morada con árboles vivos cubiertos de follaje y 28 frutos. Había en profusión y prodigalidad fragantes flores de todo matiz. En medio del huerto estaba el árbol de la vida que aventajaba en gloria y esplendor a todos los demás árboles. Sus frutos parecían manzanas de oro y plata, y tenían el poder de perpetuar la vida.

La creación estaba ahora completa. "Y fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ornamento." "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Gén. 2: 1; 1: 31.) El Edén florecía en la tierra. Adán y Eva tenían libre acceso al árbol de la vida. Ninguna mácula de pecado o sombra de muerte desfiguraba la hermosa creación. "Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los hijos de Dios." (Job 38: 7).

El gran Jehová había puesto los fundamentos de la tierra; había vestido a todo el mundo con un manto de belleza, y había colmado el mundo de cosas útiles para el hombre; había creado todas las maravillas de la tierra y del mar. La gran obra de la creación fue realizada en seis días. "Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho. Y bendijo Dios al día séptimo, y santificólo, porque en él reposó de toda su obra que había Dios criado y hecho." (Gén. 2: 2, 3) Dios miró con satisfacción la obra de sus manos. Todo era perfecto, digno de su divino Autor; y él descansó, no como quien estuviera fatigado, sino satisfecho con los frutos de su sabiduría y bondad y con las manifestaciones de su gloria.

Después de descansar el séptimo día, Dios lo santificó; es decir, lo escogió y apartó como día de descanso para el hombre. Siguiendo el ejemplo del Creador, el hombre había de reposar durante este sagrado día, para que, mientras contemplara los cielos y la tierra, pudiese reflexionar sobre la grandiosa obra de la creación de Dios; y para que, mientras mirara las evidencias de la sabiduría y bondad de Dios, su corazón se llenase de amor y reverencia hacia su Creador.

Al bendecir el séptimo día en el Edén, Dios estableció un 29 recordativo de su obra creadora. El sábado fue confiado y entregado a Adán, padre y representante de toda la familia humana. Su observancia había de ser un acto de agradecido reconocimiento de parte de todos los que habitasen la tierra, de que Dios era su Creador y su legítimo soberano, de que ellos eran la obra de sus manos y los súbditos de su autoridad. De esa manera la institución del sábado era enteramente conmemorativa, y fue dada para toda la humanidad. No había nada en ella que fuese obscuro o que limitase su observancia a un solo pueblo.

Dios vio que el sábado era esencial para el hombre, aun en el paraíso. Necesitaba dejar a un lado sus propios intereses y actividades durante un día de cada siete para poder contemplar más de lleno las obras de Dios y meditar en su poder y bondad. Necesitaba el sábado para que le recordase más vivamente la existencia de Dios, y para que despertase su gratitud hacia él, pues todo lo que disfrutaba y poseía procedía de la mano benéfica del Creador.

Dios quiere que el sábado dirija la mente de los hombres hacia la contemplación de las obras que él creó. La naturaleza habla a sus sentidos, declarándoles que hay un Dios viviente, Creador y supremo Soberano del universo. "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría." (Sal. 19: 1, 2.) La belleza que cubre la tierra es una demostración del amor de Dios. La podemos contemplar en las colinas eternas, en los corpulentos árboles, en los capullos que se abren y en las delicadas flores. Todas estas cosas nos hablan de Dios. El sábado, señalando siempre hacia el que lo creó todo, manda a los hombres que abran el gran libro de la naturaleza y escudriñen allí la sabiduría, el poder y el amor del Creador.

Nuestros primeros padres, a pesar de que fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera del alcance del pecado. Dios los hizo entes morales libres, capaces de apreciar 30 y comprender la sabiduría y benevolencia de su carácter y la justicia de sus exigencias, y les dejó plena libertad para prestarle o negarle obediencia. Debían gozar de la comunión de Dios y de los santos ángeles; pero antes de darles seguridad eterna, era menester que su lealtad se pusiese a prueba. En el mismo principio de la existencia del hombre se le puso freno al egoísmo, la pasión fatal que motivó la caída de Satanás. El árbol del conocimiento, que estaba cerca del árbol de la vida, en el centro del huerto, había de probar la obediencia, la fe y el amor de nuestros primeros padres. Aunque se les permitía comer libremente del fruto de todo otro árbol del huerto, se les prohibía comer de éste, so pena de muerte. También iban a estar expuestos a las tentaciones de Satanás; pero si soportaban con éxito la prueba, serían colocados finalmente fuera del alcance de su poder, para gozar del perpetuo favor de Dios.

Dios puso al hombre bajo una ley, como condición indispensable para su propia existencia. Era súbdito del gobierno divino, y no puede existir gobierno sin ley. Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley; pudo haber detenido la mano de Adán para que no tocara el fruto prohibido, pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata. Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada. No habría sido posible el desarrollo de su carácter. Semejante procedimiento habría sido contrario al plan que Dios seguía en su relación con los habitantes de los otros mundos. Hubiese sido indigno del hombre como ser inteligente, y hubiese dado base a las acusaciones de Satanás, de que el gobierno de Dios era arbitrario.

Dios hizo al hombre recto; le dio nobles rasgos de carácter, sin inclinación hacia lo malo. Le dotó de elevadas cualidades intelectuales, y le presentó los más fuertes atractivos posibles para inducirle a ser constante en su lealtad. La obediencia, perfecta y perpetua, era la condición para la felicidad eterna. 31 Cumpliendo esta condición, tendría acceso al árbol de la vida.

El hogar de nuestros primeros padres había de ser un modelo para cuando sus hijos saliesen a ocupar la tierra. Ese hogar, embellecido por la misma mano de Dios, no era un suntuoso palacio. Los hombres, en su orgullo, se deleitan en tener magníficos y costosos edificios y se enorgullecen de las obras de sus propias manos; pero Dios puso a Adán en un huerto. Esta fue su morada. Los azulados cielos le servían de techo; la tierra, con sus delicadas flores y su alfombra de animado verdor, era su piso; y las ramas frondosas de los hermosos árboles le servían de dosel. Sus paredes estaban engalanadas con los adornos más esplendorosos, que eran obra de la mano del sumo Artista.

En el medio en que vivía la santa pareja, había una lección para todos los tiempos; a saber, que la verdadera felicidad se encuentra, no en dar rienda suelta al orgullo y al lujo, sino en la comunión con Dios por medio de sus obras creadas. Si los hombres pusiesen menos atención en lo superficial y cultivasen más la sencillez, cumplirían con mayor plenitud los designios que tuvo Dios al crearlos. El orgullo y la ambición jamás se satisfacen, pero aquellos que realmente son inteligentes encontrarán placer verdadero y elevado en las fuentes de gozo que Dios ha puesto al alcance de todos.

A los moradores del Edén se les encomendó el cuidado del huerto, para que lo labraran y lo guardasen. Su ocupación no era cansadora, sino agradable y vigorizadora. Dios dio el trabajo como una bendición con que el hombre ocupara su mente, fortaleciera su cuerpo y desarrollara sus facultades. En la actividad mental y física, Adán encontró uno de los Placeres más elevados de su santa existencia. Cuando, como resultado de su desobediencia, fue expulsado de su bello hogar, y cuando, para ganarse el pan de cada día, fue forzado a luchar con una tierra obstinada, ese mismo trabajo, aunque muy distinto de su agradable ocupación en el huerto, le sirvió de salvaguardia contra la tentación y como fuente de felicidad. 32

Están en gran error los que consideran el trabajo como una maldición, si bien éste lleva aparejados dolor y fatiga. A menudo los ricos miran con desdén a las clases trabajadoras; pero esto está enteramente en desacuerdo con los designios de Dios al crear al hombre. ¿Qué son las riquezas del más opulento en comparación con la herencia dada al señorial Adán? Sin embargo, éste no había de estar ocioso. Nuestro Creador, que sabe lo que constituye la felicidad del hombre, señaló a Adán su trabajo. El verdadero regocijo de la vida lo encuentran sólo los hombres y las mujeres que trabajan. Los ángeles trabajan diligentemente; son ministros de Dios en favor de los hijos de los hombres. En el plan del Creador, no cabía la práctica de la indolencia que estanca al hombre.

Mientras permaneciesen leales a Dios, Adán y su compañera iban a ser los señores de la tierra. Recibieron dominio ilimitado sobre toda criatura viviente. El león y la oveja triscaban pacíficamente a su alrededor o se echaban junto a sus pies. Los felices pajarillos revoloteaban alrededor de ellos sin temor alguno; y cuando sus alegres trinos ascendían alabando a su Creador, Adán y Eva se unían a ellos en acción de gracias al Padre y al Hijo.

La santa pareja eran no sólo hijos bajo el cuidado paternal de Dios, sino también estudiantes que recibían instrucción del omnisciente Creador. Eran visitados por los ángeles, y se gozaban en la comunión directa con su Creador, sin ningún velo obscurecedor de por medio. Se sentían pletóricos del vigor que procedía del árbol de la vida y su poder intelectual era apenas un poco menor que el de los ángeles. Los misterios del universo visible, "las maravillas del Perfecto en sabiduría" (Job 37: 16), les suministraban una fuente inagotable de instrucción y placer. Las leyes y los procesos de la naturaleza, que han sido objeto del estudio de los hombres durante seis mil años, fueron puestos al alcance de sus mentes por el infinito Forjador y Sustentador de todo. Se entretenían con las hojas, las flores y los árboles, descubriendo en cada uno 33 de ellos los secretos de su vida. Toda criatura viviente era familiar para Adán, desde el poderoso leviatán que juega entre las aguas hasta el más diminuto insecto que flota en el rayo del sol. A cada uno le había dado nombre y conocía su naturaleza y sus costumbres. La gloria de Dios en los cielos, los innumerables mundos en sus ordenados movimientos, "las diferencias de las nubes" (Job 37: 16), los misterios de la luz y del sonido, de la noche y el día, todo estaba al alcance de la comprensión de nuestros primeros padres. El nombre de Dios estaba escrito en cada hoja del bosque, y en cada piedra de la montaña, en cada brillante estrella, en la tierra, en el aire y en los cielos. El orden y la armonía de la creación les hablaba de una sabiduría y un poder infinitos. Continuamente descubrían algo nuevo que llenaba su corazón del más profundo amor, y les arrancaba nuevas expresiones de gratitud.

Mientras permaneciesen fieles a la divina ley, su capacidad de saber, gozar y amar aumentaría continuamente. Constantemente obtendrían nuevos tesoros de sabiduría, descubriendo frescos manantiales de felicidad, y obteniendo un concepto cada vez más claro del inconmensurable e infalible amor de Dios. 34

sábado, 9 de enero de 2016

La importancia de creer en Dios como nuestro Creador.




Por Joel García Cobos.


La creencia de que Dios creó el universo,  luego  lo que contiene nuestro planeta  en 7 días literales, es básica para todo creyente cristiano. Saber que Dios nos creó, que es nuestro padre, nos ama y quiere lo mejor para nosotros nos da una identidad, estabilidad y propósito,  permitiéndonos enfrentar con dignidad y arrojo los embates de esta vida.


Si por un instante llegamos a pensar que somos el resultado fortuito de la evolución de millones de años, ¿qué sentido tiene la vida? así como como aparecimos llegaremos a desaparecer sin importar mucho lo logrado.
En cambio, si acepto que por amor fui creado, este pensamiento me hará razonar y actuar en reciprocidad con este noble sentimiento, sentiré agradecimiento por mi creador y cuidaré la naturaleza, mis semejantes y a mí mismo.
Daré amor porque he recibido amor; valoraré mi entorno y las posibilidades de superación, porque sé que alguien se preocupa por mí y quiere que sea feliz y que progrese;  voy a enfrentar los retos con ánimo de agradar a ese padre amoroso que me creó, voy a estar a su altura y a la de mis hermanos.










viernes, 2 de octubre de 2015

Cómo empezó todo





Por Thomas Grove


La historia se cuenta que un grupo de científicos se reunió y decidió que los seres humanos habían llegado tan lejos que ya no necesitaban a Dios. Después de llegar a su decisión nombraron a uno de su número para ir a explicarle a Dios que ya no era necesario. El científico dijo: "Dios, hemos concluido que ya no lo necesitamos, porque estamos al punto de que podemos concebir la vida en un tubo de ensayo e incluso podemos clonar a la gente. Estamos tan avanzados tecnológicamente que podemos hacer muchas cosas que en algún momento habría sido considerado como milagroso. Así que estamos pidiendo que dejes al mundo en nuestras manos." Dios escuchó hasta que se terminó el hombre. Con gran amabilidad en su voz, dijo: "Muy bien, pero primero, ¿por qué no tenemos un concurso de crear el ser humano." Esto parecía una idea maravillosa para el científico, y aceptó el reto. Pero Dios dijo: "Ahora, usted entiende que vamos a tener que hacer esto como lo hice en el jardín con Adán". El hombre seguro de sí mismo dijo: "Eso no será ningún problema", y cogió un puñado de tierra, dándose cuenta de que tenía en la mano todos los elementos básicos de la vida. Pero Dios lo miró y le dijo: "Usted no entiende. Usted tiene que obtener su propia tierra".

Nosotros, como seres humanos nos hemos vuelto tan autosuficiente que nos hemos olvidado de donde venimos. Tenemos teorías acerca de todo, incluso cómo comenzó el mundo. Una teoría es que todo sucedió por casualidad. Pero eso no parece estar a la altura de las pruebas que tenemos.

Se nos dice que hay más de 60 criterios que fueron necesarios para la vida en la tierra. Aquí está una lista parcial de lo que se necesitaba para la vida:

La rotación de la Tierra era más lenta o más rápida.

Estábamos 2% más cerca o más lejos del sol.

La tierra tenía un 1% de cambio en la luz solar.

La Tierra era más pequeña o más grande.

La luna era más pequeña o más grande.

Teníamos más de una luna.

La corteza de la Tierra era más delgada o más gruesa.

La proporción de oxígeno / nitrógeno era mayor o menor.

La capa de ozono era mayor o menor.

Así podemos ver que no había manera de que esta tierra o este universo que disfrutamos podría haber llegado a ser por casualidad. Pero, ¿cómo se produció? Echemos un vistazo a uno de los pasajes más conocidos en la Escritura que habla de cómo todo esto llegó a ser, Génesis 1:1.

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Aquí podemos ver un resumen de lo que va a ser registrado en el resto de Génesis 1 y 2. Es también el fundamento de todo lo que sucede en las Escrituras. Así que echemos un vistazo a cada palabra.

En el principio

La Escritura nos muestra claramente que hubo un comienzo. Que la vida no es un ciclo interminable. Que todo esto empezó en un punto específico en el tiempo. Hay algunas por ahí que miran a la historia de la creación como simplemente un mito, algo que fue inventado por los antiguos con el fin de simplificar la evolución. Sin embargo, el hebreo, "Bereshit", dice que existe efectivamente un principio. ¿Cuándo fue este comienzo? Algunos dicen que el principio fue hace millones de años, otros dice que decenas de miles de años, y aún otros dicen que sólo hace miles de años.

Ahora, si abre algunas Biblias a Génesis 1, podrás ver el año 4004 aC. Esta es la fecha en que supuestamente tuvo lugar la Creación. Tengo que decirles que esta no es una fecha inspirada. Se trata de una fecha a quien el obispo anglicano de Irlanda, James Ussher, se le ocurrió en 1650 mediante el estudio de la cronología de la Biblia. En realidad, el obispo Ussher propuso la fecha exacta de 3 de octubre de 4004 aC para la creación. Sin embargo, Ussher, en su estudio hizo algunas suposiciónes que estamos descubriendo que no son ciertos, que lleva la creación un poco más atrás. Sin embargo, lo que Ussher hace es ayudarnos a ver que el mundo no es miles de millones de años, o incluso millones de años, en edad.

Pero todo lo que el registro del Génesis nos dice es: en el principio.

"En el principio" también nos dice que este mundo, incluidos los humanos, no es un accidente. En algún momento en la historia, un Ser Infinito se propuso y creó este mundo. Este mundo, tú y yo, no son accidentes. Fuimos creados a propósito.

Echemos un vistazo a la siguiente palabra: En el principio Dios.

La palabra en hebreo es "Elohim", que es una palabra muy importante en la Biblia.

Hay dos palabras principales que se utilizan en el Antiguo Testamento para Dios. El más conocido es Yahvé o Jehová. Es el nombre personal de Dios. El otro, que es la palabra que se usa en este pasaje, es Elohim.

Un ejemplo de las diferencias entre los usos de estas dos palabras se encuentra realmente aquí en los dos primeros capítulos del Génesis. El primer capítulo utiliza la palabra de Dios, Elohim, exclusivamente. Habla de un Dios que habla y que exista la luz, que habla y hay el sol, la luna y las estrellas, que habla y todos los animales aparecen. Incluso se habla de la creación de Dios del hombre, pero no dice cómo se hizo. Así que Dios, Elohim, es un Dios poderoso que habla y hace las cosas.

Entonces vemos el capítulo 2. La palabra usada para Dios cambia a Yahvé. De repente vemos a un Dios mucho más personal. Un Dios que se inclina en el polvo y crea al hombre, un Dios que creó el Jardín del Edén para el hombre vivir, un Dios que ve que el hombre está solo y realiza la primera cirugía para crear una compañera para Adán.

Así que el hecho de que vemos un Dios poderoso y personal que participa en la creación del mundo, inmediatamente pone en duda:

La doctrina de ateísmo: Si hay un Dios, su existencia no puede ser probada.

El Panteísmo: Dios está en todo. El peligro de esto es que el Creador, está ahora sujeto a los caprichos de su creación.

El Politeísmo - La enseñanza de que hay muchos dioses.

Pero la Biblia nos dice que un Ser Infinito, Dios mismo, fue el creador.

Hemos visto que, efectivamente, hubo un principio, que esto no es un universo de ciclos sin fin y que este mundo no fue un accidente, hemos visto que un Dios poderoso y personal fue responsable por el universo, y ahora vamos a pasar a la siguiente palabra:


En el principio creó Dios.

La palabra "bara" en el hebreo es muy revelador. Sólo se utiliza con Dios como sujeto, lo que significa que sólo Dios puede crear. Tengo que admitir que me tomó un poco de tiempo para entender las implicaciones de esto. ¿Sólo Dios puede crear? Pero ¿qué pasa con las grandes obras maestras, piezas de arte, no fueron creados por el artista? ¿Qué pasa con la culinaria de deliciosos manjares? ¿No se crearon por la gente que los trajo? ¿Qué pasa con los padres? ¿No crearon a los niño que llaman suyos?

Usted ve muchas veces usamos las palabras "crear" y "hacer" como intercambiables. Pero en realidad no lo son, al menos en la Biblia. La Biblia deja muy claro que sólo Dios puede "bara", crear. Pero ¿cuál es la diferencia?

¿Observa lo que hizo Dios? Creó algo de la nada. Él habló y hubo luz. No tomó un cable y lo conectó a un gran generador en el cielo y luego hizo la luz de esa manera. No, Él creó la luz, donde no había luz. Él lo creó de la nada. Él habló y los pájaros y los peces llegaron a existir. No tenía una incubadora en algún lugar y transfirió los huevos para que los peces y los pájaros nacieran. Hizo algo de la nada.

Hemos visto en la historia en el comienzo de la predicación que nosotros, como seres humanos podemos hacer todo tipo de cosas con materiales que ya existen, pero no podemos crear algo de la nada, como Dios puede.

¿Qué quiere decir? Me dice que el Dios poderoso merece ser adorado como el Creador. El único ser en el universo que puede hablar y algo llega a ser. El único ser que puede hacer algo de la nada. Un ser que habló y los árboles aparecieron. Un ser que habló y el agua apareció. Un ser que habló y el cielo apareció. Ese tipo de Ser merece ser adorado, porque Él es el único Creador.

Por cierto, de eso es el sábado. Adorar Aquel que es el Creador. Nosotros, como seres humanos somos como los científicos que hablamos al principio y creemos que podemos vivir sin Dios. Que no necesitamos a Dios nunca más. Pero cada 7 º día, se nos recuerda que "Todo lo que tienes que hacer es mirar alrededor y ver que no eres un creador, pero Dios en el cielo es el Creador, que merece ser adorado."

Hemos visto un universo que no es un ciclo interminable y este mundo no fue un accidente. Hemos visto un Dios poderoso y personal que fue responsable por el universo y ahora hemos visto un Creador que, a diferencia de cualquier otro ser en el Universo, hizo este mundo de la nada.

Vamos a pasar a las últimas palabras de este versículo:

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

Existe actualmente un debate en los círculos religiosos en cuanto a si esto se refiere a todo el universo, o simplemente el mundo en que vivimos. Ahora, yo no voy a entrar en ese debate, porque creo que las palabras "los cielos y la tierra", nos dice muy claramente que Dios es responsable de todo. En cualquier momento que esta frase se utiliza se refiere a todo lo que existe. Así que nos miramos en un microscopio, cada pequeña cosa que vemos, Dios creó. Al mirar hacia el cielo nocturno con un telescopio, todas las estrellas y planetas que vemos, Dios creó . Cuándo miramos a nuestro alrededor hoy en día, Dios creó todo esto. Y Él nos ha dado a ti ya mí, como seres humanos, la administración sobre lo que Él ha creado. Así que creo que es importante, como disfrutamos del mundo que Dios creó, que nos recordemos que Dios es el mismo que también nos ha dado la responsabilidad de cuidar de lo que Él creó.

Todo era perfecto. Al final de la creación en el sexto día, mientras se preparaba para descansar, Dios dijo: "Es muy bueno." Él había creado todo, incluso el hombre y la mujer con la que ahora podría tener una relación. Pero algo salió mal. En algún lugar de la línea, el hombre y la mujer pecaron, y por el pecado, se vio empañada la creación de Dios. La muerte llegó y lo que había creado Dios comenzó a morir, incluso los seres humanos.

Pero Dios no permitiría que esto sigiera sin respuesta. Puso un plan en acción lo que había hecho incluso antes de haber empezado a crear. Él hiba venir a la tierra sí mismo y salvaría a la humanidad por la muerte. Sería un gran riesgo, pero Dios estaba dispuesto a pagar el precio para parar el pecado y la muerte de continuar para siempre.


El apóstol Juan lo describe de esta manera:


En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Éstos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios. Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Dios mismo vino a esta tierra para poner fin al pecado y la muerte de estropear su creación. Y así, esta "Palabra" que describe Juan, el mismo Creador, Jesucristo, vino a vivir entre nosotros y luego murió a detener el ciclo de pecado y la muerte.

Pero no ha terminado, la creación de Dios es todavía marcada, pero un día todo eso va a cambiar. El mismo apóstol Juan, que describe a Jesús como el Creador en el principio también usa estas palabras que también se hacen eco de las primeras palabras de la Biblia:



"He aquí yo vengo pronto! Mi galardón está conmigo, y yo os daré a cada uno según lo que ha hecho. Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin".

Debido a que Jesús se acercó y detuvo el ciclo del pecado y la muerte, puedo prometer que un día todo se acabará. Un día él volverá. Un día el pecado, la muerte y el sufrimiento se acabará. Y un día, la creación de Dios se recreará, y no volverá a ser dañada por el pecado o la muerte. Escucha cómo Juan describe esta recreación:


"Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar. Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido. Oí una potente voz que provenía del trono y decía: "¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios. Él les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir." El que estaba sentado en el trono dijo: "¡Yo hago nuevas todas las cosas!" Y añadió: "Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza."


Conclusión:

Podemos estar impresionada por la belleza que nos rodea hoy en día, pero muy pronto habrá un cielo nuevo y una tierra nueva recreada. Ni siquiera podemos empezar a imaginar lo hermosa que va a ser. Quiero invitar a nosotros hoy, para comenzar a planificar para ser parte de esta tierra nueva. Dile a nuestro Creador que estás pensando en ser parte de esta gran recreación, donde el pecado, la muerte y el sufrimiento nunca más volverá a levantar su cabeza fea. Amén


Tomado de: http://creationsabbath.net/es/recursos/sermones/como-empezo-todo

jueves, 1 de octubre de 2015

Los Dos Lenguajes de la Providencia.

El Camino A Cristo
Capítulo 10
Los Dos Lenguajes de la Providencia.


Autora: Elena G. de White.


Son muchas las formas con que Dios trata de revelarse a nosotros y ponernos en comunión con él. La naturaleza habla constantemente a nuestros sentidos. El alma sensible quedará impresionada con el amor y la gloria de Dios revelados en las obras de sus manos. El oído atento puede escuchar y comprender las comunicaciones de Dios por medio de las cosas de la naturaleza. Los verdes campos, los elevados árboles, los capullos y las flores, la nubecilla fugitiva, la lluvia que cae, el arroyo murmurador, las glorias de los cielos, hablan a nuestro corazón y nos invitan a conocer al Creador de todos ellos.

Nuestro Salvador entrelazó sus preciosas lecciones con las cosas de la naturaleza. Los árboles, los pájaros, las flores de los valles, las colinas, los lagos, los cielos maravillosos, y los incidentes de la vida diaria, fueron todos unidos con las palabras de verdad para que sus lecciones fueran recordadas en medio de los cuidados y afanes de la vida del hombre.
Dios quiere que sus hijos aprecien sus obras y se deleiten en la sencilla y serena hermosura con que adornó nuestro hogar terreno. El ama lo bello, y sobre todo la belleza de carácter, que es más atractiva que todo lo externo; y quiere que cultivemos la pureza y la sencillez que son las modestas gracias de las flores.

Si sólo escucháramos con atención, las obras de Dios nos enseñarían preciosas lecciones de obediencia y confianza. Desde las estrellas, que en su recorrido por el espacio siguen siglo tras siglo su ruta designada, hasta el más diminuto átomo, las cosas de la naturaleza obedecen la voluntad de su Creador. Dios cuida y sostiene toda la creación. El que sustenta los innumerables mundos en la inmensidad, también tiene cuidado del pequeño gorrión que sin temor gorjea su humilde canto. Cuando los hombres van a su trabajo, o se ocupan de la oración; cuando duermen en la noche, o cuando se levantan en la mañana; cuando el rico se festeja en su palacio, o cuando el pobre se sienta con sus hijos alrededor de su escasa mesa; el Padre celestial vigila con ternura a todos ellos. No se derraman lágrimas sin que Dios no las note, ni hay sonrisa que para él pase inadvertida.

Si creyéramos esto, toda ansiedad indebida desaparecería. Nuestras vidas no estarían tan llenas de desengaños como lo están ahora; porque cada cosa, grande o pequeña la dejaríamos en las manos del Señor quien no se confunde por la multitud de los cuidados, ni se agobia por su peso. Gozaríamos de una paz en el alma, la cual muchos no la han disfrutado por largo tiempo.

Cuando os deleitéis en la atractiva belleza de la tierra, pensad en el mundo venidero que no lo dañará el pecado ni la muerte y donde la naturaleza no tendrá sombra de maldición. Imaginad el hogar de los salvados; y recordad que será más glorioso que lo que la más brillante imaginación pueda pintar. En los variados dones de Dios revelados en la naturaleza sólo vemos pálidos reflejos de su gloria. Está escrito: "cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman." (I Corintios 2:9).

El poeta y el naturalista pueden decir mucho sobre la naturaleza, pero es el cristiano el que más goza de la belleza de la tierra porque reconoce que es la obra de su Padre y percibe su amor en la flor, en el arbusto y en el árbol. Nadie puede apreciar plenamente el significado del monte y del valle, del río y del mar, si no puede reconocerlos como la expresión del amor de Dios para el hombre.

Dios nos habla mediante sus obras providenciales por la influencia de su Espíritu en el corazón. En los acontecimientos que nos rodean y en los cambios que diariamente se efectúan a nuestro alrededor, podemos encontrar preciosas lecciones si nuestros corazones están abiertos para discernirlas. El salmista trazando la obra de la Providencia divina dijo: "De la misericordia de Jehová está llena la tierra". (Salmos 33:5). "¿Quién es sabio y guardará estas cosas, y entenderá las misericordias de Jehová?" (Salmos 107:43).

Dios nos habla también mediante su Palabra. En ella encontramos la más clara revelación de su carácter, de su trato con los hombres y de la gran obra de la redención. Ella nos presenta la historia de los patriarcas y profetas y de otros santos hombres de la antigüedad. Ellos eran hombres sujetos "a pasiones semejantes a las nuestras (Santiago 5:17); pero vemos como lucharon con el desánimo como nosotros luchamos, como cayeron bajo tentaciones, como hemos caído nosotros; y como cobrando nuevo valor se levantaron y vencieron por la gracia de Dios. Así se nos anima a hacer nuestro esfuerzo para alcanzar la justicia. Al leer sus preciosas experiencias, de la luz, el amor, las bendiciones que gozaron y la obra que realizaron mediante la gracia concedida, el espíritu que los inspiro enciende en nosotros una llama de santo celo y un deseo de ser semejantes a ellos en carácter y, como ellos, caminar con Dios.

Jesús dijo de las Escrituras del Antiguo Testamento, y cuando más cierto es esto acerca del Nuevo Testamento: "Ellas son las que dan testimonio de mí," (Juan 5:39); del Redentor, de Aquel en quien nuestras esperanzas de vida eterna se concentran. Sí, toda la Biblia habla de Cristo. Desde el primer relato de la creación, porque "sin él nada de lo que sido hecho, fue hecho," (Juan 1:3), hasta la última promesa: "He aquí yo vengo pronto," (Apocalipsis 22:12), leemos de sus obras y escuchamos su voz. Si queréis conocer al Salvador, estudiad las Santas Escrituras.

Llenad vuestro corazón de las palabras de Dios. Ellas son el agua viva que apaga vuestra quemante sed. Son el pan vivo que descendió del cielo. Jesús declaró: "Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros." Y los explicó diciendo: "Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida." (Juan 6:53, 63). Nuestros cuerpos se desarrollan según lo que comemos o bebemos y así como sucede en las cosas naturales sucede en las espirituales; lo que meditamos es lo que da tono y vigor a nuestra naturaleza espiritual.

El tema de la redención es un tema que los ángeles desean contemplar; será la ciencia y el canto de los redimidos por los siglos sin fin de la eternidad. ¿No es un pensamiento digno de atención y estudio ahora? La gracia infinita y el amor de Jesús y su sacrificio por nosotros merecen la más seria y solemne reflexión. Deberíamos contemplar el carácter de nuestro querido Redentor e Intercesor. Deberíamos meditar en la misión de Aquel que vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Y mientras contemplamos temas celestiales nuestra fe y amor se fortalecerán y nuestras oraciones serán más aceptables a Dios porque se elevarán siempre con más fe y amor. Serán oportunas y fervientes. Habrá una confianza constante en Jesús y una viva experiencia diaria en su poder para salvar hasta lo sumo a todos los que van a Dios por medio de él.

Si meditamos en la perfección del Salvador desearemos ser completamente transformados;  y renovados a la imagen de su pureza. Nuestra alma tendrá hambre y sed de ser como Aquel a quien adoramos. Mientras más concentramos nuestros pensamientos en Cristo, más hablaremos de él a otros y lo representaremos ante el mundo.

La Biblia no fue escrita sólo para el hombre erudito; al contrario, fue destinada a la gente común. Las grandes verdades necesarias para la salvación están presentadas con tanta claridad como la luz del medio día; y nadie equivocará el camino excepto aquellos que sigan su propio juicio en lugar de la voluntad de Dios revelada tan claramente.

No debemos aceptar el testimonio de ningún hombre sobre lo que las Escrituras enseñan sino que nosotros mismos debemos estudiar la Palabra de Dios. Si permitimos que otros piensen por nosotros estropeamos energías y limitamos nuestras aptitudes. Las facultades nobles de la mente se empequeñecerán por falta de ejercicio en temas propios de concentración, hasta perder el poder de penetrar el profundo significado de la Palabra de Dios. La inteligencia se desarrollará si se emplea en investigar la relación de los tópicos de la Biblia, comparando versículo con versículo y lo espiritual con lo espiritual.

No Hay nada mejor para fortalecer la inteligencia que el estudio de las Sagradas Escrituras. Ningún libro es tan potente para elevar los pensamientos y para dar vigor a las facultades como las grandes y ennoblecedoras verdades de la Biblia. Si la Palabra de Dios se estudiara como se debiera, los hombres tendrían una amplitud de pensamiento, una nobleza de carácter y una firmeza de propósito raramente vistos en estos tiempos.

Se obtiene muy poco provecho de una lectura apresurada de las Escrituras. Uno puede leer toda la Biblia sin ver su belleza y comprender su profundo significado. Un pasaje estudiado hasta que su significado sea claro y su relación con el plan de salvación evidente, es de mayor valor que la lectura de muchos capítulos sin un propósito definido y sin obtener un conocimiento positivo. Tened vuestra Biblia siempre a mano; si tenéis oportunidad leedla y grabad los textos en vuestra memoria. Aun al ir por la calle podéis leer un pasaje y meditar en él hasta que se grabe en la mente.

No podemos obtener sabiduría sin un estudio detenido y con oración de la Palabra de Dios. Algunas porciones de las Escrituras son en verdad muy claras y fáciles para comprenderlas; pero hay otras, cuyo significado no es superficial, y éste no se puede ver a primera vista. Se debe comparar pasaje con pasaje y hacer un estudio cuidadoso con meditación acompañada de oración. Tal estudio será ricamente recompensado. Como el minero que descubre vetas de precioso metal ocultas debajo de la superficie de la tierra, así también el que con perseverancia escudriña la Palabra de Dios buscando sus tesoros ocultos, encontrará verdades de gran valor que se ocultan de la vista del investigador descuidado. Las palabras de la inspiración examinadas en el alma, serán como arroyos de agua que manan de la fuente de la vida.

Nunca se debe estudiar la Biblia sin oración. Antes de abrir sus páginas debemos pedir la iluminación del Espíritu Santo, y ésta será concedida. Cuando Natanael vino a Jesús, el Salvador exclamó: "He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi." (Juan 1:47, 48). Así Jesús nos verá también, en los lugares secretos de oración, si lo buscamos para obtener más luz para conocer la verdad. Los ángeles del mundo de la luz acompañarán a los que con humildad de corazón busquen guía divina.

El Espíritu Santo exalta y glorifica al Salvador. Es su obra presentar a Cristo, la pureza de su justicia y la gran salvación que tenemos mediante él. Jesús dice: "tomará de lo mío y lo hará saber." (Juan 16:14). El Espíritu de verdad es el único maestro eficaz de la verdad divina. ! Cómo estima Dios la raza humana que dio a su Hijo para que muriera por ella y envía su Espíritu para que sea el maestro y guía del hombre! 

Tomado de:  http://www.nonsda.org/egw/espanol/sc10.htm

Amor Supremo



El camino a Cristo.
Capítulo 1
Amor Supremo
Autor: Elena G. de White.

La naturaleza y la revelación, testifican igualmente del amor de Dios. Nuestro Padre celestial es la fuente de vida, de sabiduría y de gozo. Mirad las maravillas y bellezas de la naturaleza. Pensad en su magnífica adaptación a las necesidades y a la felicidad, no sólo del hombre, sino de todas las criaturas vivientes. El sol y la lluvia que alegran y refrescan la tierra, los montes, los mares y los valles, todos no hablan del amor del Creador. Dios es el que suple las necesidades cotidianas de todas sus criaturas. El salmista lo expresó en las hermosas siguientes palabras:




Los ojos de todos esperan en ti,
Y tú les das su comida a su tiempo.
Abres tu mano,
Y colmas de bendición a todo ser viviente.
(Salmos 145:15-16)

Dios hizo al hombre perfectamente santo y feliz, y la hermosa tierra, al salir de las manos del Creador, no tenía ninguna señal de decadencia ni ninguna sombra de maldición. Es la transgresión de la ley de Dios, de la ley de la ley de amor, lo que ha traído dolor; y muerte. Sin embargo en medio del sufrimiento que resulta del pecado, se revela el amor de dios. Está escrito que Dios maldijo la tierra por causa del hombre. (Génesis 3:17). Las espinas y los cardos, las dificultades y las pruebas que hacen de la vida del hombre una vida de trabajos y cuidados, le fueron asignados para su bien, como parte de la preparación necesaria, según el plan de Dios, para su elevación de la ruina y de la degradación que el pecado había caudado. El mundo, aunque caído, no es todo sufrimiento y miseria. En la misma naturaleza hay mensajes de esperanza y de consuelo. Hay flores en los cardos y las espinas están cubiertas de rosas.

“Dios es amor,” está escrito en cada capullo que se abre, y en cada tallo de la naciente hierba.” Los hermosos pájaros que llenan el aire con sus alegres trinos, las flores exquisitamente matizadas con sus delicados colores perfuman el aire, los frondosos árboles del bosque con su hermoso follaje de viviente verdor, todos testifican del tierno y paternal cuidado de nuestro Dios y de su deseo de hacer felices a sus hijos.

La palabra de Dios revela su carácter. El mismo ha manifestado su infinito amor y piedad. Cuando Moisés oro: “Te ruego que me muestres tu gloria”, el Señor le contestó: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. (Éxodo 33:18-19). Esta es su gloria. El Señor pasó delante de Moisés y proclamó: “¡Jehová! ¡Jehová! Fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado”. (Éxodo 34:6-7). Él es “tardo en enojar (se) y de grande misericordia” (Miqueas 7:18).

Dios ha unido nuestros corazones a él con pruebas innumerables en el cielo y en la tierra. A través de las cosas de la naturaleza y por los más hondos y tiernos lazos que pueda conocer el corazón humano, él ha procurado revelarnos. Sin embardo, estas cosas representan sólo parcialmente su amor. Aunque todas estas evidencias han sido dadas, el enemigo del bien ha cegado las mentes de los hombres de modo que ellos miren a Dios con temor; que piensen en él como en un ser severo y poco perdonador. Satanás indujo a los hombres a pensar en Dios como un ser cuyo principal atributo es la justicia implacable, como un juez severo y un estricto e inconmovible acreedor. El mostró al Creador como un ser que vela celosamente para discernir los errores y las faltas de los hombres, para poder luego traer sus juicios sobre ellos. Jesús vino a vivir entre los hombres para borrar esa densa sombra, revelando al mundo el infinito amor de Dios.

El Hijo de Dios vino del cielo para dar a conocer al Padre. “A Dios nadie le ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno de Padre, él le ha dado a conocer”. (Juan 1:18). “Ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. (Mateo 11:27). Cuando uno de los discípulos le pidió: “Muéstranos al Padre”, Jesús le contestó: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: muéstranos al Padre? (Juan 14:8-9).

Jesús dijo describiendo su ministerio terrenal: El Señor “me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). Esta era su obra. Él iba haciendo bien, y sanando a todos los primados de Satanás. Había villas enteras donde no se oía un gemido de dolor en ninguna de sus casas; porque él había pasado por ellas. Y había sanado a sus enfermos. Su trabajo era evidencia de su ungimiento divino. Amor, misericordia y compasión se revelaban en cada acto de su vida; su corazón rebosaba de tierna simpatía hacia los hijos de los hombres. El tomó la naturaleza humana para comprender las necesidades de los hombres. Los más pobres y los más humildes no tenían miedo de acercarse. Aun los niños se sentían atraídos hacia él. Les gustaba subirse a sus rodillas, y mirar ese rostro pensativo, benigno y amante.

Jesús no suprimió una sola palabra de verdad, sino que profirió siempre la verdad con amor. El usó el mayor tacto, y la atención más fina y delicada en su trato con la gente. Nunca fue rudo, nunca pronunció una palabra severa innecesariamente, nunca dio una pena innecesaria a un alma sensible. No censuraba la debilidad humana. Hablaba la verdad, pero siempre con amor. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero las lágrimas velaban su voz cuando profería sus fuertes reprensiones. Lloró sobre Jerusalén, la ciudad amada que rehusó recibirlo, a él, el Camino, la Verdad y la Vida. Habían rechazado al Salvador, pero él los consideraba con ternura compasiva. Su vida fue ávida de abnegación y de verdadera solicitud por los demás. Toda alma era preciosa a sus ojos. Aunque siempre llevaba consigo la dignidad divina, se inclinaba con la más tierna consideración hacia cada miembro de la familia de Dios. En todos los hombres veía almas caídas a quienes era su misión salvar.

Tal es el carácter de Cristo, revelado en su vida. Este es el carácter de Dios. Del corazón del Padre es de donde fluyen ríos de divina compasión hacia los hombres, revelada en Cristo. Jesús, el tierno y compasivo Salvador, era Dios “manifestado en carne”. (I Timoteo 3:16).

Jesús vivió, sufrió y murió para redimir, Él se hizo “Varón de dolores” de modo que nosotros fuésemos hechos partícipes del gozo eterno. Dios permitió que su amado Hijo, lleno de gracia y verdad, descendiera de un mundo de indescriptible gloria a un mundo manchado y distorsionado por el pecado, ensombrecido por la maldición y la muerte. Permitió que dejase el seno de su amor, la adoración de los ángeles, para que sufriera vergüenza, insulto, humillación, odio y muerte. “El castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). ¡Miradlo en el desierto, en el Getsemaní, sobre la cruz! El inmaculado Hijo de Dios tomó sobre sí la carga del pecado. El, el que había sido uno con Dios, sintió en su alma la horrenda separación que hace el pecado entre Dios y el hombre. Este sentimiento arrancó de sus labios el grito angustioso: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Era la carga de pecado, la comprensión de su terrible enormidad, y la separación que causa entre el alma y Dios lo que quebrantó el corazón del Hijo de Dios.

Pero este enorme sacrificio no fue hecho para crear en el corazón de Padre amor hacia el hombre, ni el deseo de salvarlo. ¡No, no! “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito”. (Juan 3:16). El Padre no nos ama por el gran sacrificio, sino que proveyó el sacrificio porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual él podía derramar su infinito amor hacia el mundo caído. “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”. (2 Cor. 5:19). Dios sufrió juntamente con su Hijo. En la agonía del Getsemaní y en la muerte del Calvario el corazón del Amor Infinito pagó el precio de nuestra redención.

Jesús dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar” (Juan 10:17). Es decir: “Mi Padre os ama tanto que me ama más porque doy mi vida para redimiros. Por haberme hecho vuestro Sustituto y Fianza, por haber rendido mi vida ha tomado vuestras responsabilidades, vuestras transgresiones, me hago amar de mi Padre; porque por mi sacrificio, Dios puede ser justo, y sin embargo, ser el justificador de aquel que cree en Jesús. ”Nadie sino el Hijo de Dios podría efectuar nuestra redención; porque sólo él, que conocía la altura y la profundidad del amor de Dios podía manifestarlo. Nada menor que el infinito sacrificio hecho por Cristo en favor del hombre caído podía expresar el amor del Padre hacia la humanidad perdida.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito.” Lo dio no sólo para que viviera entre los hombres, sino también para que llevara los pecados de ellos y para que muriera como sacrificio, como propiciación en favor de ellos. Dios lo dio a la raza caída. Cristo debía identificarse con los intereses y las necesidades de la humanidad. El que era uno con Dios se ha unido con los hijos de los hombres por lazos que nunca serán disueltos. Jesús “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11); él es nuestro Sacrificio, nuestro Abogado, nuestro Hermano, lleva nuestra forma humana ante el trono del Padre, y por la eternidad será uno con la raza que él redimió; es el Hijo del hombre. Todo esto fue hecho para que el hombre fuera levantado de la ruina y de la degradación del pecado, para que reflejara el amor de Dios, y para que participara el gozo de la santidad.

El precio pagado por nuestra redención, el infinito sacrificio del Padre eterno al dar a su Hijo para que muriera por nosotros, debiera darnos un concepto elevado de lo que podemos llegar a ser por Cristo. El apóstol Juan, al contemplar la altura y la profundidad y la anchura del amor del Padre hacia la raza que perecía, rebosaba de adoración, y reverencia, y sin hallar palabras para expresar la grandeza y la ternura de este amor, apeló al mundo para que lo contemplase. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (I Juan 3:1). ¡Qué gran valor da esto al hombre! Por causa de la transgresión, los hijos del hombre se hacen siervos de Satanás. Por lo fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva la humanidad. Los hombres caídos son colocados en un plano donde pueden por la relación con Cristo llegar a ser en verdad dignos del nombre de “hijos de Dios”.

Un amor tal es incomparable. ¡Hijos del Rey celestial! ¡Preciosa promesa! ¡Tema apropiado para la más profunda meditación! ¡El incomparable amor de Dios hacia un mundo que no lo amaba! Este pensamiento tiene un poder subyugador sobre el alma, y cautiva el entendimiento a la voluntad de Dios. Mientras más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, veremos más misericordia, ternura y perdón unidos a la equidad y justicia, y más claramente discerniremos innumerables evidencias de un amor infinito, y una tierna piedad que sobrepasa la compasión de una madre para con su hijo descarriado.


Tomado: https://jovenesnpv.wordpress.com/2013/02/16/lectura-del-libro-el-camino-a-cristo-capitulo-1-amor-supremo/

La Creación.

Por Joel García Cobos.

Dios en su infinito amor, creó un hermoso hogar para sus hijos. Con cuanta ternura nos imaginó a su imagen y semejanza y nos rodeó de lo mejor para nuestro desarrollo físico, moral e intelectual.

Él dijo y fue hecho, de la nada creó la materia para afirmar el universo con sus millones de millones de astros y maravillas. Su Palabra es poder y en 6 días hizo el ornamento del universo,  cada día añadió un elemento que llegaron a formar nuestro placentero hábitat: desde la luz emblemática de él, día y noche en el primer día: luego hizo los  cielo en el segundo día; la tierra, el mar y las hermosas plantas el tercer día; el Sol,  la  Luna y las estrellas,  en el cuarto día; peces,  aves y monstruos marinos en el quinto día; creó también animales terrestres, al hombre y a la mujer, en el sexto día.

El lejano sol, con su debida distancia lo estableció pensando en nosotros, y diseñó  la Luna para que ambos  nos  dieran la base para contar los tiempos; introdujo el aire puro como nuestro primer alimento; implantó el agua salubre e incolora como segundo alimento; y los frutos, hortalizas y granos para nuestro sustento y recobro de energía. Y vio que todo era bueno.

Y en el séptimo día descansó, bendiciendo y santificando el sábado, no porque él se hubiera cansado, sino como un ejemplo que nosotros debemos seguir, y un recuerdo que él es nuestro creador y tiene el poder para sustentarse.